lunes, 10 de junio de 2019

El balneario

Había comenzado a escribir una entrada titulada "Manuela". Otra sobre las elecciones. A veces recuerdo que, en alguna carpeta, guardo un título doblado donde dice que terminé mi carrera de socióloga/politóloga y me siento tentada de ponerme a pontificar. Afortunadamente se me pasa. Nunca he sido demasiado dada a escribir las cosas que pensaba. Prefería hacerlo sobre las cosas que deseaba. O las que amaba. Se me da mejor hablar con el coño que con la cabeza. Regular hablar sobre mis sentimientos. Y eso es lo malo. Tengo un doctorado en amores no correspondidos y frustrados. Tengo otro en farmacopea, pues siempre he buscado el camino más corto para aliviarme. 

Me han salido canas.

Hace meses. Hace años que no me acuesto con nadie. Tiempo atrás, mucho tiempo atrás, dejé que (esporádicamente) alguien utilizara mi cuerpo a cambio de unas monedas. Ahora estoy más cerca de ser yo quien pague por utilizar el cuerpo de otra persona. Me detesto. Tengo una pequeña cojera y varias cicatrices. A menudo me da por pensar en las ocasiones perdidas, en los nombres de aquellas personas que han atravesado mi vida y a las que he hecho desaparecer. Me lamento, y esa es la peor  manera de inspirar una cierta compasión.

Leopoldo María Panero pasó años encerrado en el hospital Aita Menni de Mondragón. Por los pasillos del edificio arrastraban los pies internos de mandíbula caída y rostro deformado sin saber qué destino darse. La vida consistía en dejar pasar el tiempo y nada más. Pocos de ellos sabían que aquel psiquiátrico con olor a orín había acogido, a finales del XIX, un hermoso balneario al que acudían ilustres veraneantes desde la capital. Pocos sabían que la suerte del balneario había cambiado la mañana en que Cánovas del Castillo fue asesinado en uno de los bancos de la galería, pasando a ser entonces un lugar maldito que terminaría por verse obligado a cerrar sus puertas. Me siento un poco así, como un psiquiátrico con olor a orín levantado sobre la extinta belleza de un balneario de pasado lustroso. 




jueves, 28 de marzo de 2019

Lázaro

El cuatro de julio del año dos mil quince. Esa fue la última vez que hablé con ella. Quedaron demasiadas cosas por decir. Han pasado casi cuatro años y las heridas siguen abiertas. Al menos las mías. Soy incapaz de olvidar. Ni el tiempo ni la distancia han servido de nada.

Quizás no debería estar aquí.

Un día me desperté y sentí que no tenía nada más que decir. Se me había agotado el deseo de escribir. De retratarme tras un puñado de párrafos. De exhibir mis miserias. De generar lástima. De generar amor. Me sentí insignificante. Como aún me siento. Y me dormí.

Ahora es todo tan distinto.  Solo algunos sentimientos permanecen. Pero el paisaje ha cambiado. Y no reconozco a quienes me rodean del mismo modo que no me reconozco a mí. La vida se ha vuelto más sosegada. Mejor así.

Hace muchos años comencé a escribir una historia en cuyo primer párrafo hablaba del sabor metálico de un revolver en mi boca. Y luego apretaba el gatillo. He deseado la muerte. He convivido con ella. Ahora la observo con cierta distancia tratando de no llamar su atención.

Me he acostumbrado a la soledad.

No tengo grandes proyectos. Ni pequeños. Pero quizás esto sea un comienzo.

Beta

viernes, 22 de marzo de 2019

Marzo, mediados

Algún día escribiré un libro sobre la enfermedad. Sobre la muerte. Sobre la resurrección. El cielo está nublado y hace catorce grados de temperatura en ciudad de México. Me han despertado los ladridos del perro de mi vecina.

He hecho algunos cambios, alguna promesa y me he sentado a escribir sin saber muy bien el qué.

No me reconozco en las antiguas fotografías. La medicación ha transformado completamente mi cuerpo. 

miércoles, 24 de junio de 2015

Y punto

Hola,

Me fui a los Estados Unidos huyendo de mi misma. Sabía lo que dejaba atrás pero prefería pensar en lo que tenía por delante. Al principio fue divertido. Tanto, que dejé de escribir porque la vida no me daba para ello. Fueron unos buenos meses. Me fui asentando. Encontré un trabajo. Todo iba bien hasta el día que comencé a discutir con los médicos. Al final ellos tuvieron razón. Volví a tener tiempo. Conocí a gente en mis mismas circunstancias. Aprendí. Y cambié. Miro hacia atrás y me cuesta reconocerme en la persona que fui. Pero en realidad creo que aquella era yo. O quizás seamos las dos. No sé, da igual.

Nunca he hecho planes así que creo que no me he dado la oportunidad de decepcionarme a mí misma al no haberlos cumplido. Esto es lo último que escribo. Quizás no debería hacerlo. Podría simplemente haberme quedado callada. En silencio y ya. Pero quizás no este mal llenar unas líneas, escribir unos nombres a modo de agradecimiento. Creo que me siento mejor si escribo, por ejemplo, el nombre de María, o de Alberto, o de Lorena, o de Lidia, o de Laura, o de Marina, o de Marisa, o de Sofía, o de Silvia, o de Ana, o de Guillermo, o de Jan, o de Enrique, o de Eduardo, o de Arturo, o de Carla, o de Eva, o de Maysun, o de Cristina, o de Jesús, o de Fernando, o de Adriana, o de Elena, Sonia, Isabel, Yasmin, Inés, Zoe, Elvira, Dani, Iván, Miguel, Pepe, Conchi, Liliana, Irene, Carmen, Nacho, Gema, Raúl, Javier.

Así me quedo más tranquila.

Adiós



lunes, 13 de abril de 2015

Paula

Hola,

Estoy creando una playlist llamada Canciones para esperar a la muerte. La primera es "Paula" de Zoé. Una preciosidad.