El despertador suena a las siete menos cuarto. He dejado la maleta preparada la noche anterior porque tengo que estar en el aeropuerto a las ocho pues el avión despega a las diez menos cinco. Viajo a Tokio vía Londres. Llego a la T4, facturo, y el chico que me atiende escribe en mi tarjeta de embarque que tengo que ir a la zona H. Tomo un café rápido y busco si el vuelo ya tiene asignada puerta. Según la pantalla de información no he de ir a la zona H sino a la S, que está en otro edificio. Me subo a un trenecito y, veinte minutos después, termino dando con mi puerta. Mientras hago cola escucho la conversación que mantienen las dos azafatas que organizan el embarque.
- Menudo lío tienen.
- ¿Cuántos son?
- Yo he contado unos cien.
- Pues en una sola sardinera no se si nos van a caber.
- Como sardinas, nunca mejor dicho.
Comprueban nuestras tarjetas y después de un largo pasillo lo que nos encontramos no es el avión sino un autobús. Ya sé a qué se referían cuando hablaban de "sardineras". Nos meten en el autobús y nos llevan hasta el avión, que está aparcado en el edificio original (absurdo viaje de ida y vuelta). Mientras terminan de limpiar el avión nos dejan encerrados en el autobús con la calefacción a toda pastilla. La gente comienza a amotinarse y a golpear las ventanas para que el conductor, que departe como si nada con un tipo de chaleco fosforescente, nos libere. Finalmente se abren las puertas y respiramos. "Nos estaba usted achicharrando", le increpa uno de los viajeros. "Pues avisenme, encima de que les dejo con la calefacción...", contesta el conductor. "Eso no era calefacción, eso eran los hornos de Auschwitz, cabrón", musito sin que nadie me oiga.
Mi asiento está en la fila 34, la penúltima. Mientras el avión coge carrerilla para despegar pienso que si ese fuera el vuelo de Spanair yo sería la primera en palmar. Me encuentro tan positiva... El madrugón me sienta fatal. La espera en Heathrow es larga y aún quedan por delante once horas de vuelo.

En el vuelo a Tokio no queda un asiento libre. A mi me toca en la fila cincuenta, otra vez atrás del todo. Me cago en el tío de Iberia que me ha sacado las tarjetas de embarque. A mi lado se sienta un rumano superborde que huele como si acabara de correrse tres maratones. Apesta. Pienso que he sido mala y que eso no es más que un castigo que me envía el señor.
Tres horas de vuelo y sirven la cena. Prefiero el chicken al fish. Todo el mundo lo prefiere. Ante esos trozos de pollo con puré y brócoli pienso en los millones de pollos que son sacrificados en el mundo cada día. Pollos para dar de comer a los turistas que viajan en avión, para dar de comer a los enfermos en los hospitales, para dar de comer al resto del planeta (incluidos miles de millones de chinos). Pienso que nacer pollo es la mayor putada que le puede pasar a alguien. Nacer para ser devorado por la raza humana. Sin esperanza. Y pienso que todos esos miles de pollos, una vez digeridos, se convierten en... ¡¡¡¡Dios, hacia dónde va el mundo!!!!
Ahora son las cinco de la tarde. Estoy en Tokio y está nublado. El viaje ha sido duro pero promete. Me voy a cenar a un sushi bar y luego a dormir.